Está claro que vivimos en el mundo de la acción, y el ejercicio evolutivo podría asimilarse a un flujo de experimentación que conduce a derivadas sobre las cuales se estructura y desestructura lo acumulado bajo unas leyes universales que demarcan el tablero de juego, hasta lograr dar con la resultante que resuelve la ecuación: el Ser.
Ese alcance asociado a la unificación con la suprema consciencia siempre está latente en todo este despliegue evolutivo donde materia y energía configuran las formas y algo intangible conduce la consciencia. Así se aproxima el planteamiento que Marco Aurelio ofrenda en su obra Meditaciones cuando afirma que: “El movimiento de los átomos corre hacia arriba, hacia abajo, circularmente. Pero el curso de la virtud no está sujeto a ninguno de estos giros. Tiene más bien, un no sé qué divino, de modo que hace su jornada por una órbita difícil e incomprensible.”
Durante el proceso de resolver la ecuación planteada en el juego, los trayectos – que son muchos – durante los tiempos vividos, nos brindan infinitas posibilidades para movernos en este tablero, y nos presentan diversidad de personas y criaturas con las que nos vinculamos bajo motivaciones que oscilan en un espectro de emociones y sentimientos determinados por memorias que vamos impregnando con cada experiencia.
Vamos así creando relaciones donde la clave está en saber identificar el aprendizaje que nos acercan porque más allá de calificarlas, valdría siempre agradecerlas por llevarnos a algo más y mejor en nosotros, aunque no comprendamos en principio estos encuentros.
Así nos movemos entre decisiones, considerando vínculos, abriéndolos y cerrándolos según nuestro momento de vida, motivados por diversas razones y conducidos por principios y valores que determinan la cualidad de todas nuestras acciones y es lo que se recoge en el alcance de la “Virtud” que nos señala el autor citado y que es desarrollada por diversas escuelas filosófica no como una sino como varias virtudes.
La escuela estoica concibe la virtud en el ser humano como una conducta que lo mueve hacia el bien supremo, y en ese estado se concreta el dominio de todo lo que nos retrasa del propósito único de la vida. La acción correcta es ese bien supremo, y es algo que minuto a minuto tenemos la tarea de concretar. Así sobre la constante son la sabiduría, la templanza, la justicia y la fuerza.
Esa cualidad divina o “Numen” en latín que se le otorga a la virtud, podría ser el conducto perenne donde la inteligencia que une todo y que nos mantiene conectados al origen, nos sostiene y guía para que logremos en nosotros, en algún momento de los tiempos, el exacto manifiesto.
Sujetos entonces a esta jornada sideral, propongámonos responder en virtud al más elevado fin de este juego divino para expresar nuestra más pura y exacta esencia.






Genial