Capaz que nadie me lo preguntaría nunca, pero Babaji, para mí, es un sentimiento. Un sentimiento que nace en mí hacia el Ser y, a la vez, del Ser hacia mí. Desde ahí comprendí que se trataba del reconocimiento humano más alto de lo divino, y de la divinidad reconociéndose en este reflejo humano que somos.
Eso es más que una bendición: es una gracia, una forma de bondad que puede alcanzarse en este plano, donde las preguntas fallan tanto como las respuestas. No hay forma religiosa, espiritual, metafísica o doctrinaria que pueda dar cuenta del logro inmensurable de sentir una realidad interna que no necesita de nada para conducirnos a ser el Ser.
Esa conexión, inevitable y viva, es la que me ha sostenido en este sendero y la que ha impedido que lo abandone. Es un vínculo íntimo con la esencia que inmortaliza. No queda espacio para desperdiciar el instante, porque en él ya se revela una vida donde el tiempo no mide y la muerte no alcanza.
Recordar cómo pronuncié por primera vez el nombre de Babaji, comprendiendo lo que implicaba, me sitúa en una verdad interna que no necesita ser explicada. Esa verdad se fue expandiendo como guía para el restablecimiento del Kriya Yoga, allí donde su esencia se había diluido.
Reconocer a Babaji como el fuego mismo de la energía creadora y destructiva del manifiesto que llamamos Shiva, me permitió transitar con los principios védicos despojados de religión y dogma. Desde allí encontré la fuerza para articular, incluso en términos contemporáneos, una realidad de luz posible en medio de un sistema que se derrumba por la inconsciencia y se limita por su propia ignorancia.
Es el sentimiento irreductible de haber despertado para desarticular las formas de poder que sostienen una irrealidad proyectada en esta dimensión, una inercia que pretende mantenernos repetidos, adormecidos y alejados de nosotros mismos.
El sentimiento que en mí despertó Babaji, unido a la voluntad de restablecer esa conexión, es lo que verdaderamente me sostiene. No como una creencia, sino como una vivencia que se renueva en cada instante. De ahí nace la fuerza para soltar, para atravesar lo ilusorio y permanecer en aquello que no se pierde. No es un impulso hacia algo lejano, sino una afirmación constante de lo que ya es: la inmortalidad como estado reconocido.
Mi relación con el Mahavatar Inmortal no responde a una idea ni a una devoción aprendida; es una certeza íntima, una presencia que no se impone, pero tampoco se ausenta. Es el latido de un linaje vivo que no pertenece al tiempo, que no se agota en nombres, y que, sin embargo, encontró en la palabra Babaji una forma de ser invocado.
Ese linaje no es una herencia que se recibe, sino una frecuencia que se reconoce. Una corriente de luz que sostiene, orienta y atraviesa, sin exigir adhesión, pero reclamando verdad. Desde ahí se levanta la Escuela Valores Divinos. No somos una institución, somos un campo fértil de conciencia y esa fuerza se hace disponible para todo aquel que, más que creerse, aprende a sentirse a sí mismo.
Porque no es en la creencia donde se afirma este camino, sino en la experiencia directa de lo que somos cuando dejamos de negarnos. Y en ese sentir -que no es vana emoción, sino reconocimiento- la conexión con Babaji deja de ser un anhelo para volverse el fundamento del ser posible.
Babaji sostiene, guía y revela. Y es desde esa certeza que avanzo, no hacia la inmortalidad, sino desde ella.






Gracias por guiarme, sostenerme y nutrir la experiencia de lo divino en mí. 🙏