En el canto XII de la Odisea, las sirenas le prometen a Odiseo tanto placer como conocimiento: aseguran saber cuánto ocurrió en Troya y todo cuanto sucede sobre la tierra. Con el deseo irremediable de conocer, pero con la astucia por permanecer en el rumbo trazado, Odiseo decide escucharlas atado al mástil, mientras sus compañeros reman con los oídos sellados con cera. ¿Qué clase de poder contiene el canto de las Sirenas para llevar quien las escucha, al delirio de la autodestrucción? La escena, como todo relato épico, deja abiertas preguntas profundas en relación a la escucha.
¿Sabremos escuchar sin perdernos en lo que fascina a las fuentes internas del deseo?
Claude Debussy dio forma musical a ese misterio en Sirènes, tercer movimiento de sus Nocturnes, una serie de obras impresionistas compuestas entre 1897 y 1899, e inspiradas en las pinturas de James McNeill Whistler. Un coro femenino canta sin palabras, entrelazándose con la orquesta en melodías largas, llenas de aire e inconclusión. Debussy evocaba el mar, sus innumerables ritmos y el canto avasallante de las sirenas entre las olas iluminadas por la luna. La voz femenina se inmiscuye en los espacios más recónditos de la psique: su presencia magnetiza, moviliza y conmueve. La ausencia de palabras en la voz dice algo más profundo y propio que cualquier verbo posible. Quizá allí comienza una posibilidad de autoexploración: escuchar lo que no puede expresarse con palabras.
Más de un siglo después, Ludwig Göransson retoma el mito en la banda sonora de La Odisea, de Christopher Nolan, que incluye la pieza “Sirens”. Para construir el universo musical de la película, el compositor exploró instrumentos antiguos, como el aulos y la lira, junto con recursos contemporáneos, logrando una atmósfera sonora que envuelve en un encuentro entre tiempos acompaña una historia que permanecerá vigente mientras exista el humano en busca de la verdad. ¿Podrá revelarse la verdad en quien escucha de verdad?
Cuando Euríloco le pregunta cómo fue escuchar a las sirenas, Odiseo describe el deseo vuelto sufrimiento, entre lo perdido y lo inalcanzable: “…todo lo que quieres que sea. Luego, todo lo que desearías no haber deseado nunca. Era esa deliciosa comezón que vas a rascar pero descubres que está bajo la piel, no puedes alcanzarla. Entonces la deliciosa comezón se vuelve insoportable. Te decía que lo que más quieres es lo que ya no puedes tener. Y lo que ya no puedes tener es lo que ya tuviste, y perdiste”. Su relato culmina: “…fue el canto de todas las promesas que no cumplí. Y me dijo que en realidad no quiero volver a casa”. El viajero que busca regresar a casa, símbolo del origen o el sí mismo, queda confrontado con una contradicción íntima: una parte de sí va a resistirse al mismo destino que persigue.
Jung incluyó a la sirena entre las personificaciones del ánima. Desde una lectura junguiana, podemos acercarnos a ella como imagen arquetípica del encuentro con fuerzas inconscientes que atraen, inquietan y desbordan nuestra identidad habitual. Su canto, entendido desde ahí, puede poner en movimiento deseos relegados, duelos pendientes o posibilidades de vida desconocidas. Reconocerlos con una escucha centrada, amplía el campo de la conciencia y allana el camino hacia lo que denominó el proceso de individuación o retorno a la conciencia del Sí Mismo. Su intensidad exige discernimiento: desde una postura consciente, el atravesar las aguas de una experiencia implica también preguntarnos qué significa y qué lugar queremos darle.
El mástil puede representar el sostén que nos permite permanecer presentes, con centro y rumbo claro, mientras algo profundo nos conmueve. La música ofrece una ocasión para practicar esa escucha. Propongo escuchar Sirènes de Debussy y registrar después una sensación corporal, una imagen y un deseo. ¿Qué me atrae? ¿Qué me inquieta? ¿Qué parte de mi narrativa se hace audible? Escribir o dibujar puede ayudarnos también a elaborar lo vivido.
En tiempos en donde tanto se ve y tanto se escucha, la verdad puede quedar tapiada tanto por el cúmulo de información, como por las obstrucciones propias en los oídos. No son solo velos los que imposibilitan reconocer lo verdadero. Existen también tapones y sellamientos con los que hemos aislado nuestros oídos. Por eso, “quien escuchó la verdad, y la escuchó de verdad, tiene en sí mismo el desafío de seguir fabricando luz”.
Después del canto, si sabemos permanecer centrados, la verdad puede ser revelada y así, entregarnos a la música de lo que verdaderamente se es. Fabricar luz es el trabajo paciente de volver consciente nuestra relación con aquello que nos habita.
Fuentes consultadas
https://puenteromano.net/wp-content/uploads/2017/09/Las-sirenas-hom%C3%A9ricas.pdf
Jung, C. G. El Hombre y Sus Símbolos, Paidós.





