Estamos cerca de cumplir un aniversario más de la creación de la Agencia Mundial Antidopaje, la considerada odiosa y repugnante AMA, sobre todo por aquellos que siempre han buscado un disparador artificial para esquivar el esfuerzo y sus exigentes habilidades. Sin embargo, para otros, representa esa instancia suprema desde donde el hombre marca y remarca su imperfección para reconocerla, sanarla y construir grandeza de espíritu, conciencia de luz y amor. Jugar limpio en la vida, siguiendo el ejercicio consciente de la acción, fue, es y será un radio de actividad deslumbrante; un impulso que eleva al ser a frecuencias inauditas y, por ende, al cosmos que vamos siendo, base fundamental de la evolución.
Obrar con rectitud es el logro más trascendente del ser humano, más allá de cualquier síndrome de éxito o crecimiento profesional. Básicamente, porque es un gesto ético invalorable en la percepción de las virtudes del hombre. Cuando el 10 de noviembre de 1999 se creó esta entidad, entendida como una construcción cultural, su fin último es rastrear y contener las pretensiones del ser por transgredir su propia naturaleza. El hombre no nace dispuesto a romper los moldes que resguardan su libertad; son las circunstancias las que crean los deseos artificiales y terminan por anular las virtudes humanas.
Ubiquemos la reflexión por encima del organismo, ya que es solo un pretexto, aunque ya venía advirtiendo, desde el siglo pasado, que la humanidad es capaz de diseñar herramientas para falsear su propio rendimiento y saltarse las leyes. Casos, infinitos, los hay de cualquier rasgos y condición, y de eso está preñado el campus de los ancestros, y otros circuitos dimensionales, que dejan evidencias, huellas tras huellas, sin que el hombre pueda percatarse de semejante ritornelo, o estribillo cósmico, y sanar. Le importa más replicar, en consecuencia, vulnerar su estado divino, que plantarse frente al absoluto y ser.
Dado que la memoria guarda lo que es y lo que no es; es decir; ficción y realidad, el escándalo de la dinastía Tang —618 y 907 después de Cristo, y en pleno confucianismo y taoísmo— está allí como un capítulo de excesos imperiales, de hybris descontrolada, como suele serlo, y todo un paradigma de cómo hundirse en las arenas movedizas de la inconsciencia. Una vez que comienzas a desplazarte hacia abajo, difícilmente logras sobrevivir. El hedón (placer) va dinamitando todos los vestigios de la consciencia y no hay forma de desactivar el explosivo que fermenta aquello que disfrutas, hasta disolver por completo la materia.
Ahora que el transhumanismo continúa con su perversa saga a favor de la longevidad, y el sembradío de algoritmos cognitivos, con excelente recepción mundial, entre otras imposiciones, a los emperadores Tang, de la antigua China, les dio por esquivar la vejez, y codiciar vitalidad por encima del promedio orgánico de aquel periodo de la civilización. ¿Cuántos sujetos no se han embarcado en esa ambiciosa experiencia en este siglo XXI recargado de despropósitos?
Los elixires alquímicos, o Wudan, sentenciaron a los vanidosos emperadores Xianzong, Wuzong, Xuanzong, Jingzong y Muzong. Bajo el mismo principio ético, el Censorado (Yushitai), era el ente que regulaba la probidad de los gobernantes en el país asiático. El denominador común de estos cinco monarcas es que sucumbieron a la arrogancia del que se siente en la ruta de la inmortalidad; aun cuando esta signifique nacer de nuevo para encontrarse, una vez más, con sus propias desdichas y miserias. La historia kármica vuelve a repetirse. Cada nacimiento no es más que el residuo de otra vida.
¿Acaso el estatus y la porfía de la matrix no inoculan en el hombre esa especie de dopaje cognitivo en grado superlativo, que convierte a la semilla, a la siembra y a la estructura en un deleite primitivo de un apego radical? El dopaje del pensamiento humano implica una renuncia voluntaria a pensar; es la muerte de la intuición. El esteroide social —inmediatez y reconocimiento— rige esa voluntad de mancillar a la divinidad que es inherente a nuestro ser.
Y cuidado con culpabilizar a la IA de tanta inescrupulosidad -hay que saber repartir las culpas y administrar las condenas- que esta solo nace de ese pensamiento enmascarado y musculoso que se originó en un libre albedrío mal comprendido.





