La humildad, la sencilla calidez de Gastón Bachelard (1884-1962) lo acercan más a un sabio -de aquella antigua estirpe de hombres de luces, envueltos en una inestimable alianza con el cosmos, desprovisto de todo falso encantamiento con la conciencia creadora- que a las figuras de los cánones que buscan siempre influencia con una idea y pasar al estrellato. Fascinante pensador francés, que participó en la I Guerra Mundial, en el frente de batalla, trincheras para más señas, se formó en contra de todo tipo de dogmas, y se rebeló contra todas las modas intelectuales de su generación, en especial la liderada por Sartre., en constante dialéctica con Camus, y Merleau-Ponty, entre otros. Bachelard simplemente ignoraba las disputas. Ofrecemos la primera parte de la Introducción de su muy destacado libro “Psicoanálisis del Fuego” (1938) donde reitera que el fuego es el elemento que más fantasías despiertan en la mente humana. Su punto de vista no busca curar a personas, sino «curar a la ciencia» de sus obsesiones poéticas inconscientes.
Debes ver la realidad, tal como soy
Paul Eluard
Basta que hablemos de un objeto para creernos objetivos. Pero, en nuestro primer acercamiento, el objeto nos señala más que nosotros a él, y lo que creíamos nuestros pensamientos fundamentales sobre el mundo, muchas veces no son otra cosa que confidencias sobre la juventud de nuestro espíritu.
A veces nos maravillamos ante un objeto elegido; acumulamos hipótesis y sueños; formamos así convicciones que tienen la apariencia de un saber. Pero la fuente inicial es impura: la evidencia primera no es una verdad fundamental. De hecho, la objetividad científica no es posible si, de antemano, no se ha roto con el objeto inmediato, si no se ha rehusado la seducción del primer acercamiento, si no se han detenido y refutado los pensamientos nacidos de la primera observación.
Toda objetividad, debidamente verificada, desmiente el primer contacto con el objeto. La objetividad debe, de antemano, criticarlo todo: la sensación, el sentido común, la práctica incluso más constante; y también la etimología, pues el verbo, hecho para cantar y seducir, rara mente se encuentra con el pensamiento.
Lejos de maravillarse, el pensamiento objetivo debe ironizar. Sin esta vigilancia malévola jamás alcanzaremos una actitud verdadera mente objetiva. Cuando se trata de estudiar nuestros—, la simpatía es la base del método. Pero ante ese mundo inerte que no vive nuestra vida, que no sufre ninguna de nuestras penas y al que no exalta ninguna de nuestras alegrías, debemos detener todas nuestras expansiones, burlar nuestra persona.
Los ejes de la poesía y de la ciencia son inversos en principio. Todo lo más que puede esperar la filosofía es llegar a hacer complementarias la poesía y la ciencia, unir las como a dos contrarios bien hechos. Es preciso, pues, oponer, al espíritu poético expansivo, el espíritu científico taciturno para el cual la antipatía previa es una sana precaución.
Vamos a estudiar un problema donde la actitud objetiva no ha podido realizarse ja más, donde la seducción primera es tan definitiva que incluso deforma a los espíritus más rectos, conduciéndoles siempre al poético redil donde los sueños reemplazan al pensamiento y donde los poemas ocultan a los teoremas. Es el problema psicológico planteado por nuestras convicciones sobre el fuego.
Este problema nos parece tan di rectamente psicológico que no dudamos en hablar de un psicoanálisis del fuego. La ciencia contemporánea se ha aparta do, poco menos que completamente, de este problema, verdaderamente primordial, que los fenómenos del fuego plantean al alma primitiva. Los libros de Química, al correr el tiempo, han visto acortarse cada vez más los capítulos sobre el fuego. Y son numerosos los libros de Química modernos donde se buscaría en vano un estudio sobre el fuego y sobre la llama. El fuego ya no es un objeto científico.
El fuego, objeto inmediato notable, objeto que se impone a una selección primitiva, suplantando amplia mente a otros fenómenos, no abre ya ninguna perspectiva para un estudio científico. Nos parece, pues, instructivo, desde el punto de vista psicológico, seguir la inflación de este valor fenomenológico y estudiar cómo un problema, que ha oprimido durante siglos la búsqueda científica, se ha visto de repente dividido o suplantado sin haber llegado a ser resuelto jamás.
Cuando se pregunta a personas cultivadas, a sabios incluso, como yo lo he hecho infinidad de veces: “¿Qué es el fuego?”, se reciben respuestas vagas o tautológicas que repiten inconscientemente las teorías filosóficas más antiguas y más quiméricas. La razón de ello es que la cuestión ha sido situada en. una zona objetiva impura, donde se mezclan las intuiciones personales y las experiencias científicas.
Nosotros mostraremos, precisamente, que las intuiciones del fuego —puede que más que cualesquiera otras— mantienen la carga de una pesada tara; que arrastran a convicciones inmediatas en un problema donde sólo se precisa de experiencias y de medidas. En un libro ya viejo, hemos intentado describir, a propósito de los fenómenos caloríficos, un eje bien determinado de objetivación científica.
Hemos señalado cómo la geometría y el álgebra aportaron poco a poco sus formas y sus principios abstractos para canalizar la experiencia por una vía científica. Ahora es el eje inverso —no el eje de la objetivación, sino el eje de la subjetividad— el que desearíamos explorar para dar un ejemplo de las dobles perspectivas que pueden considerarse en todos los problemas planteados por el conocimiento de una realidad particular, bien definida incluso. Si tenemos razón a propósito de la real implicación del sujeto y del objeto, se deberá distinguir más netamente al nombre pensativo y al pensador, sin esperar, no obstante, que esta distinción concluya jamás.
En todo caso, es al hombre pensativo a quien vamos a estudiar aquí; al hombre pensativo ante su hogar, en la soledad, cuando el fuego es brillante como la conciencia de esa misma soledad. Tendremos múltiples ocasiones para mostrar los peligros que, para un conocimiento científico, albergan las impresiones primitivas, las adhesiones simpáticas, las ensoñaciones indolentes.
Podremos observar fácilmente al observador, a fin de despejar los principios de esta observación valorizada, o, mejor dicho, de esta observación hipnotizada que es siempre la observación del fuego. En definitiva, este estado de ligero hipnotismo, cuya constancia hemos sorprendido, es muy propicio para abrir las puertas a la encuesta psicoanalítica. Sólo es preciso un atardecer invernal, con el viento alrededor de la casa, y un fuego claro, para que un alma dolorosa hable a la vez de sus recuerdos y de sus penas:
En voz baja, se lanza un hechizo
bajo la ceniza invernal
sobre este corazón —cual fuego de brasas ocultas—
que se consume a sí mismo y canta.
Toulet




