Rabindranath Tagore (1861-1941) no fue un gurú espiritual, pero cuando hablaba, sus energías transmitían tanta firmeza, que se hacía percibir como un sabio. Y lo era. Consciente de su época, solía mirar más allá de lo que ofrece el conocimiento exacto de las cosas. Con su eterna barba blanca, puntiaguda cuando sus manos le daban forma de volcán invertido, con una suavidad estremecedora. Otras veces el viento aleteaba, y formateaba la imagen de una catarata, de múltiples arroyos.
Su penetrante y solícita mirada, su influjo hipnótico, su delicado olfato para sopesar esa dura y odiosa realidad de la intervención inglesa en su país, lo convirtieron en un referente casi que ineludible en todos los estamentos de la sociedad, y por eso, sabía inquietarse internamente, y se alejaba de la muchedumbre y se instalaba en su modesto estudio en Santiniketan -Bengala Occidental- a percibir las realidades de los otros, a través de la lectura, alimentando su pensamiento político y social, minándose de imágenes, atreviéndose a conspirar contra las imprudencias históricas, llevando su oficio de poeta, de escritor a unos niveles inconcebibles para un India encarcelada en el Raj británico.
Su iconografía es muy resuelta y abundante. Verlo sentado leyendo, escribiendo (como en esta gráfica), es como percibir una visual de espiritualidad estática, rigurosamente austero. Una silla, una mesa y un inabarcable entendimiento. Así se ubicaba. Con su pluma fuente y en lenguaje bengalí. El erudito y sus diversidades, de una heterogeneidad avasallante. Lo ininteligible en la fotografía, o como lo quiera distinguir el lector, ratifica plenamente lo que fue Tagore en sus 80 años de existencia.
De una fascinante bondad a prueba de todo; de premios y reconocimientos, alabanzas, glorificaciones. Y sobre esas tendencias, merecidas y jamás tanteadas, conviene citarlo: “Mientras no hayamos alcanzado la armonía interior y la totalidad de nuestro ser, nuestra vida será una existencia puramente tejida de costumbres”.







Excelente artículo, que coincide con mi admiración a Tagore, muchas gracias!