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EDITORIAL DEL MES

Libertad de expresión en la podredumbre digital

Cómo la libertad ha perdido sus atributos esenciales. Las redes se asemejan al ser humano despierto por fuera y dormido por dentro. Su orden es el desorden que opaca toda posibilidad de recuperar la autonomía en función de su genuino propósito: exteriorizar verdades inquietantes

Ramón Navarro · 3 de septiembre de 2026 · 4 min de lectura

Libertad de expresión en la podredumbre digital

Todo circula sin distinciones. A tenor de lo que queremos comprender, y a raíz de lo que asumimos como verdad. Lo que sabemos está bajo sospecha, porque es tanto el sofocamiento, es tanta la virulencia consumista a través de las redes, que cada día hay menos espacio para respirar, ponderar la impudicia del lenguaje, y buscar fortalecer un mínimo de espíritu crítico. En un espacio donde reina la felonía informativa, el desprecio por la verdad va ajustando unas formas de aceptabilidad, lo cual nos hace pensar que presenciamos otra forma de morir, de las diversas metáforas que nos acompaña al cadalso. Estamos situados en un contexto donde deseamos más decir lo que sea, que decir la verdad.

Es en ese escenario de pura gimnasia lingüística, rebosante de maniobras teóricas, donde la libertad de expresión ha perdido su verdor, su otrora sencillez, su carga formativa, su visión educativa; es decir, una libertad de expresión como paideia, ya que no era de virtuosos hablar desde el corazón, sino expresar el pensamiento de manera sensata, con honestidad de entendimiento, digamos, la nobleza del alma, con preceptos éticos. Quien se siente agredido por la verdad, está cerca de reconocer la imagen despreciativa de su propio carácter.

Nos preguntamos: ¿puede haber libertad de expresión en las redes sociales, un universo que contrasta con el rigor y la fuerza de los hechos? La irresponsabilidad es clara; los algoritmos van asimilando las tendencias que se alejan de todo compromiso con la realidad. Crean su campo mental artificial y desde allí alimentan a la insaciable y quimérica opinión pública. El continente perdido de las redes se asemeja al ser humano despierto por fuera y dormido por dentro. Su orden es el desorden que opaca toda posibilidad de recuperar la libertad en función de su genuino propósito: exteriorizar verdades inquietantes.

Hay contradicciones llevadas al extremo. Suponer que la saturación de información es estar bien informados, cuando en el fondo es solo desinformación por ese tremendismo de empeñarnos en saciarnos a toda costa; soy una gula que me defenestro. La conciencia estalla como el personaje de aquel pasaje de Monty Python, en El sentido de la vida; el obeso señor Creosote. No hay resistencia, solo complacencia. La voracidad no es solo de información, sino de percepción. Aquello que somos nos devora. La evidencia de la percepción es el mundo que vivo, lo tangible, no lo que pienso.

El encanto y el desencanto vienen juntos. Decimos lo que nos place; pero no nos place que sean las redes las que le den forma de reconocimiento a la insuprimible exigencia de entender que la existencia no solo es un catálogo de deseos, apetitos o pretensiones. Como diría el escritor italiano Claudio Magris: “Una voz dice que la vida no tiene sentido, pero su timbre profundo es el eco de ese sentido”. Ese tacto sutil nos confirma que no todo está perdido, aunque parezca perdido.

En una oportunidad, en la Editorial del UpaniNews, del mes de junio de 2022 –La caverna del humanismo digital– nos referíamos a la Caverna de Platón, y sugeríamos que confundíamos el juego de sombras digitales con la realidad. El asesinato de la realidad continúa su curso. Una turbulencia eficaz, cuyo fin último es la de ir minando poco a poco la sensibilidad del ser humano, desplazar su “viveka”, acabar con el pensamiento crítico y convertirnos en unos borregos. Para ser más efectivo; intensificar aún más ese borreguismo porque, desde hace rato, es muy notable la mecanización del hombre.

¿Qué pasa cuando se viraliza algo que es una farsa absoluta, pero que, al ser modificado por la IA, supera nuestro rango de expectativas? El ¡oh!, alargado, inhalado y exhalado con aires convencimientos, impone un criterio que no necesita ser confirmado ni contrastado. Si logras salir de la gruta, experimentar otras percepciones, convivir con la verdad, la estética y la contemplación, y retornar para testimoniar la transformación, eres un sujeto atrofiado, blasfemo, mentiroso y anárquico. Debes atarte a la roca nuevamente, y en contra de tu voluntad. La razón, como recurso capital, ha sido vulnerada.

En ese estado de perplejidad y desconcierto, se hace muy difícil aventurar una noción de libertad de expresión genuina -que se traduce en libertad de comunicar- cuando la estepa digital se lo engulle todo con sus monolíticos algoritmos. ¿Cómo podemos denominar al pandemónium informativo que atraviesa la corteza de la IA a cada momento? Habría que pasar de largo, con adusta indiferencia, sobre ese magma pegajoso, distractivo, altisonante y desconsiderado. Conviene trazar un cortafuego, en nuestras conciencias, para evitar el incendio absoluto de la memoria, y al menos conservar una pradera.

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