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METAFÍSICA DEL AMOR

upaninews · 11 de junio de 2026 · 3 min de lectura

METAFÍSICA DEL AMOR

Hay muchas, y probablemente, incontables formas de desmantelar o deshabitar el Yo. John Donne, brillante poeta metafísico, que nació en Londres en 1572, y falleció en la misma ciudad a los 59 años, logra una estética del desprendimiento en el lúcido poema “El testamento”. Para ello se valió no de un término, sino de una percepción o estado de conciencia: el amor. Toda su desesperación la envuelve en una especie de venganza satírica, y aunque reitera que el amor morirá con él, el esplendor cósmico siempre estará allí. Víctima y juez, el ocupante de las letras intenta sembrar inmortalidad en su desesperanza, el desquite como paradoja y castigo divino.

El testamento

Antes que exhale mi último suspiro, deja, Amor,

que revele mi legado. Es mi voluntad legar

a Argos mis ojos, si mis ojos pueden ver.

Si están ciegos, Amor, a ti te los entrego;

A la Fama doy mi lengua; a embajadores, mis oídos; 

a mujeres, o a la mar, mis lágrimas.

Tú, Amor, me has enseñado

al hacerme amar a aquella que a veinte más tenía,

que a nadie debía dar, sino a quien tenía demasiado.

Mi constancia entrego a los planetas;

mi verdad, a quienes viven en la Corte;

mi ingenuidad y franqueza

a los jesuitas; a los bufones, mi ensimismamiento;

mi silencio, a quien haya estado fuera;

mi dinero, al capuchino. 

Tú, Amor, me has enseñado, al instarme a amar

allí donde amor no es recibido,

a dar sólo a quienes tienen incapacidad probada.

Mi fe entrego a los católicos;

mis buenas obras, todas, a los cismáticos

de Amsterdam; mis mejores modales,

mi cortesía, a la universidad;

mi modestia doy al soldado raso.

Compartan los jugadores mi paciencia.

Tú, Amor, me has enseñado, al hacerme amar 

a aquella que dispar mi amor entiende,

a dar sólo a quienes tienen por indignos mis regalos.

Sea mi reputación para aquellos que fueron

mis amigos; mi industria, para mis enemigos.

A los escolásticos hago entrega de mis dudas; 

de mi enfermedad, a los médicos, o al exceso;

a la naturaleza de todo lo que en rima tengo escrito,

y para mi acompañante sea mi ingenio.

Tú, Amor, cuando adorar me hiciste a aquella

que antes este amor en mí engendrara, 

a hacer como si diera, me enseñaste, cuando restituyo sólo.

A aquel por quien tocan las campanas,

mi libro doy de medicina; mis pergaminos

de consejos morales sean para el manicomio;

mis medallas de bronce, para quienes tienen 

escasez de pan; a quienes viajan entre

todo tipo de extranjeros doy mi lengua inglesa.

Tú, Amor, al hacer que amara a quien

considera su amistad justa porción

para jóvenes amantes, haces mis dones desproporcionados. 

Así, pues, no daré más, sino que el mundo

destruiré al morir, pues el amor muere también.

Tu hermosura, toda, menos entonces valdrá

de lo que el oro en la mina, sin que haya quien lo extraiga

y de menos tus encantos, todos, te servirán, 

de lo que puede un reloj de sol dentro de una tumba.

Tú, Amor, me has enseñado, al hacerme

amar a aquella que a ti y a mí desdeña,

a ingeniar esta manera de aniquilar a los tres.

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