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Consciencia

KANDINSKY: EL ARTE QUE VIBRA DESDE ADENTRO

Bernardita Rakos | SKY Chile · 20 de agosto de 2026 · 4 min de lectura

KANDINSKY: EL ARTE QUE VIBRA DESDE ADENTRO

El punto y la línea, esenciales en el arte y la pintura. Kandinsky entendía que esto era mucho más que meras herramientas para representar la realidad: el punto, el origen de todo — Brahma, el Om, el primer aliento. La línea, los vectores de la experimentación, la acción.

Vasily Kandinsky nació en Moscú en 1866 y estudió derecho y economía hasta los treinta años, edad en la que decidió que su verdadera vocación era la pintura. No fue un gesto impulsivo: fue una certeza interior que lo llevó a Munich, donde años después conocería a la pintora Gabriele Münter, con quien compartió más de una década de trabajo y vida.

La relación no resistió el tiempo ni la distancia. Durante los años del nazismo, Münter preservó en el sótano de su casa de Murnau, más de ochenta pinturas de Kandinsky, además de obras propias y de otros artistas del Blaue Reiter¹. Un gesto que la historia del arte le debe agradecer. Sin ella, una parte esencial de la historia del arte abstracto habría desaparecido.

Lo que hace de Kandinsky una figura singular no es solo su pintura, sino la profundidad del pensamiento espiritual que la sostiene. Él entendía perfectamente que el arte era la forma en que nuestra alma podía comunicarse con el mundo y, quizás principalmente, con nosotros mismos, donde nuestro ego queda apartado, ya que no tiene mecanismos para entender ese lenguaje tan puro. Y es que incluso muchas veces el mismo artista no logra dilucidar, desencriptar estos mensajes que tan urgentes se le hacen al alma.

«Cuando la religión, la ciencia y la moral —esta última gracias a la obra demoledora de Nietzsche— se ven zarandeadas y sus bases externas amenazadas con derrumbarse, el hombre aparta su vista de lo exterior y la dirige hacia sí mismo».

Pareciera que necesitamos estar al borde de un abismo para despertar y darnos cuenta de que el camino es interior. Kandinsky lo sabía, y además lo había encontrado: estudió a Helena Petrovna Blavatsky, fundadora de la Teosofía, movimiento que tendía puentes entre la ciencia occidental y la sabiduría de Oriente, y que le abrió la puerta a una comprensión del arte como acto espiritual.

Kandinsky era un ser sensible y podríamos decir conectado con su interior, pero además tenía una condición neurológica que le permitía experimentar los sentidos de forma simultánea, literalmente: sinestesia. Para él, los colores tenían sonido o viceversa. El amarillo era agudo, casi hiriente, como una trompeta en fortissimo. El azul profundo resonaba con la gravedad de un chelo. El verde, en reposo, se parecía a un violín que toca suave. No era metáfora ni poesía: era su experiencia real del mundo.

Esta cualidad lo acercó naturalmente a la música, y en particular al compositor Arnold Schoenberg, con quien mantuvo una amistad profunda y una correspondencia que revela cuánto los unía la búsqueda de un lenguaje expresivo más allá de las formas establecidas. Schoenberg estaba rompiendo con la tonalidad en la música en el mismo momento en que Kandinsky rompía con la figuración en la pintura. Ambos creían que el arte verdadero no representa el mundo exterior: lo hace vibrar desde adentro.

«La fuerza psicológica del color provoca una vibración anímica. La fuerza física elemental es la vía por la que el color llega al alma.»

En Punto y línea sobre el plano formalizó lo que ya intuía: la pintura abstracta no es caos ni capricho, es la gramática más precisa que existe. El punto como origen, la línea como movimiento — los mismos elementos que el universo usa antes de que haya forma, color o nombre.

«En arte todo es cuestión de intuición, especialmente en sus inicios. Lo artísticamente verdadero sólo se alcanza por la intuición, y más aún cuando se inicia un camino. El arte actúa sobre la sensibilidad y, por lo tanto, sólo puede actuar a través de ella.»

Leer a Kandinsky hoy es entender que la abstracción no fue una huida de la realidad. Fue un intento de ir más adentro de ella: de pintar no los objetos sino la energía que los habita. Sus cuadros dejaron progresivamente de representar el mundo exterior para intentar revelar aquello que existe detrás de él. Vibran. Y esa vibración lleva milenios siendo el lenguaje más antiguo entre los seres humanos y lo sagrado.

Der Blaue Reiter (El Jinete Azul) fue un movimiento expresionista de vanguardia fundado en Munich en 1911 por Kandinsky y Franz Marc. Reunió a artistas que compartían la convicción de que el arte debía expresar verdades espirituales interiores, no reproducir la realidad visible.

Bibliografía

Kandinsky, Wassily. De lo espiritual en el arte. Munich: R. Piper & Co., 1912.

Kandinsky, Wassily. Punto y línea sobre el plano. Munich: Albert Langen, 1926.

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