Del latín temperantia, derivado de temperare —mezclar en su justa medida, templar, regular—, verbo que desciende de tempus, “tiempo”, “momento oportuno”. La palabra completa sería algo así como: “La cualidad de dar a cada cosa su medida y su instante justo”.
No tiene que ver con apagar, negar o reprimir. Se trata de sostener el impulso el tiempo suficiente para que se convierta en elección. El acero se templa alternando calor y frío hasta volverse resistente sin volverse rígido: así también la templanza no suprime la intensidad de vivir, la forja. Exige presencia. Exige discernimiento.
La vida actual está diseñada para lo opuesto. Estamos programados para responder de inmediato, rodeados de algoritmos que premian el consumo sin pausa, sostenidos por la promesa invisible de que más siempre es mejor y de que esperar es una forma de perder “tiempo”. La impaciencia se volvió estilo de vida; la pausa, casi una rareza. Los griegos le dieron un nombre a esta incapacidad de tolerar el vacío entre el deseo y su satisfacción: akrasia, la debilidad de la voluntad —saber qué es lo justo y, aun así, no poder detenerse. Una brecha entre lo que se sabe y lo que se hace.
El pensador y ensayista surcoreano Byung-Chul Han lo describió como el síntoma de una época que ya no reprime el deseo, sino que lo explota. Nos convertimos en una sociedad del rendimiento, donde cada quien es su propio verdugo: la autoexigencia de producir, consumir y responder sin descanso da la sensación de vivir en libertad, aunque sea exactamente lo contrario.
La ausencia de templanza no siempre toma la forma de un desenfreno evidente. Existe una versión más silenciosa y, quizás, más devastadora: la disciplina sin alma. Es la moderación que no nace de la libertad, sino del miedo o del cálculo —una templanza impuesta desde afuera, sin una voluntad interna que la sostenga.
Aristóteles distinguía entre el hombre templado, que ya no lucha contra el deseo porque ha encontrado su orden, y el hombre meramente continente, que se contiene a fuerza de voluntad, pero sigue en guerra consigo mismo. La templanza real es la paz alcanzada; no la guerra ganada.
Platón ya había puesto los cimientos de esta idea en la República: la templanza no es la victoria de una parte del alma sobre las otras, sino el acuerdo entre ellas —la razón, el ánimo y el deseo funcionando como una sola voz en lugar de tres facciones enfrentadas. Es la virtud que hace posible que las demás virtudes existan sin devorarse entre sí.
La templanza no es solo una virtud personal: es la condición silenciosa que hace posible todo lo demás. Sin ella, ni la misericordia ni la justicia encuentran su justa medida. Es un equilibrio interior donde cada parte del ser ocupa su lugar sin invadir el de las otras. No es tibieza. Tampoco es repartirse entre dos extremos. Es la vía que atraviesa el deseo y su negación para no quedar atrapada en ninguno: la libertad de poder decir que no, sin que ese no nazca del miedo, sino de saber exactamente a qué se le está diciendo que sí.
Vale la pena preguntarse: ¿cuántas de nuestras urgencias son realmente nuestras y cuántas fueron prestadas, en un mundo que necesita que estemos siempre insatisfechos? Cuando decimos “no tener tiempo”, ¿podría ser, en realidad, no tener templanza para el tiempo que sí tenemos? Quizás, más que necesitar más tiempo, más control o más calma, cabe preguntarse: ¿qué estamos dispuestos, hoy, a dejar esperar?
Fuentes:
Platón, República (Madrid: Gredos, 2019).





