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Consciencia

Askesis, un ser se prepara

No es lo mismo ser lo que se es, que entrenar para ser, atendiendo, eso sí, al propósito esencial de rebelarnos contra nosotros mismos y producir luz. El término Askesis proviene del griego antiguo.

Luisa Marzia Cornivel · 10 de septiembre de 2026 · 4 min de lectura

Askesis, un ser se prepara

Vivimos en un tiempo que confunde el cuidado de sí con el consumo de sí: productividad excesiva, optimización del tiempo, sobreestimulación constante, hábitos que se toman o se dejan según la tendencia del momento, sin detenerse a preguntar el porqué.

¿Qué tan efectivos somos en el trabajo interno cuando no tenemos claridad de propósito?

Muchas veces es solo obediencia disfrazada de disciplina: hacer, repetir, mejorar, siguiendo un molde impuesto desde afuera —la comparación, el algoritmo, la métrica—. Se elige poco desde uno mismo, y con eso se va perdiendo la libertad.

Askesis viene del griego y designaba originalmente la disciplina del atleta que prepara su cuerpo para la competencia: ejercicio, entrenamiento, práctica. Después la filosofía la tomó prestada para nombrar el entrenamiento del alma. La palabra completa evocaría entonces: “la cualidad de ejercitarse a uno mismo para llegar a ser quien se quiere ser”.

A esa idea de darse una forma propia, el filósofo francés Michel Foucault la llamó “técnica de sí”: un conjunto de prácticas mediante las cuales una persona se trabaja a sí misma, no para obedecer una ley externa, sino para construirse según su propio criterio. Fue él quien rescató esta palabra —durante siglos sinónimo de renuncia— y le devolvió su sentido más antiguo.

Nada tiene que ver con castigo ni sacrificio, ni con negarse algo para demostrar virtud o pagar una deuda moral invisible. Es un entrenamiento aplicado no solo al cuerpo, sino al carácter que se construye.

Existe una versión más antigua y sutil de esta misma confusión: la askesis entendida como represión. Es la lectura que la tradición cristiana consolidó durante siglos, y que el pensador alemán, Nietzsche, ya había llamado “ideal ascético”: la idea de que el yo debe vigilarse, sospechar de sí, renunciar al deseo por considerarlo culpable en origen. La Iglesia convirtió el ejercicio en penitencia y la disciplina en mortificación, ligándola a la culpa y al pecado —el ayuno como castigo, la confesión como falta que debe pagarse. ¿Cuánto de esa culpa seguimos cargando hoy, incluso sin creer ya en ella?

Para el cristianismo, la askesis fue sobre todo renuncia y confesión: había una falta que purgar. Los griegos y los estoicos tardíos la entendían distinto —no hay una verdad escondida que extirpar, hay una forma que dar. El ejercicio no busca purificar una culpa; busca componer una vida. La pregunta de fondo no era si reprimir o no el deseo, sino quién decide la forma que toma la propia vida. Ejercitarse en la propia forma de vida es el único modo en que la libertad deja de ser una idea abstracta y se vuelve algo concreto, diario, corporal.

La askesis, entonces, no es solo disciplina personal: es la posibilidad de trabajar la propia vida como una obra, sin esperar que la libertad llegue desde afuera. Los griegos tenían para esto la noción de epimeleia heautou, “el cuidado de sí” —condición previa a cualquier relación justa con los demás, porque solo quien se ha ejercitado en gobernarse puede acompañar a otro sin someterlo.

En el Sanatan Dharma existe el tapas —calor, lo que quema—, la disciplina que se asume no como castigo, sino como fuego purificador de la conciencia. Sostener ese fuego no se siente como comodidad: se siente como quedarse quieto un segundo más de lo que el cuerpo pide, como no apagar de inmediato lo que arde —la irritación, el impulso, la urgencia de reaccionar— y dejar que se consuma solo.

No es autolesión ni negación del cuerpo, sino una práctica elegida y sostenida. En el Yoga Sutra de Patáñjali aparece como uno de los niyamas, con un parecido notable a la “técnica de sí” de Foucault: un fuego que uno mismo decide encender y sostener, para dejarse transformar por él —no el ego que se castiga, sino la conciencia que se purifica.

¿Qué tan dispuesto estoy a ese trabajo lento, repetido, incómodo? ¿Qué tanto quiero, en realidad, que ese fuego me transforme desde adentro? La libertad, entonces, no es la ausencia de fuego: es haber aprendido a no salir corriendo cada vez que algo empieza a arder.

Fuentes consultadas:

Foucault, M. La hermenéutica del sujeto: Curso en el Collège de France (1981-1982). Fondo de Cultura Económica, 2002.

Nietzsche, F. La genealogía de la moral. Alianza Editorial, 1972.

Patáñjali. (2009). Yoga Sutra. Editorial Kairós, 2019.

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